miércoles, 2 de marzo de 2016

UNA HISTORIA DE LA PREHISTORIA

Hola a todos.
Lo prometido es deuda.
Aquí os traigo la segunda parte de mi relato Una historia de la Prehistoria. 
Vamos a ver lo que ocurre dentro de nuestro clan heidelbergensis.

                        Todos los días, los miembros del clan se sentaban en el suelo a comer. Hacía días que estaban en la isla. Lo cual tenía maravillada a nuestra joven hembra.
                       No había animales en la isla. Los hombres cazaban los pocos conejos que allí había. Pero había buena pesca. Solían pescar por separado, capturando los peces que atrapaban con sus propias manos. Debían de repartirlos entre todos los miembros de la tribu. La joven hembra les escuchaba con interés. El jefe del clan guardaba silencio. Había cosas que no se podían hablar delante de una hembra.
                    Antes, cuando no estaban en la isla, discutían sobre la estratagema de caza y luego la sometían a votaciones. Lógicamente, la más votada era la que se llevaba a cabo.
                      El joven macho la miró.
                      Deseaba hacer algo para llamar su atención. Los machos estaban cansados de estar en la isla.
-Tenemos que irnos ya de aquí-dijo un macho-Llevamos demasiado tiempo. 
                     El joven macho había demostrado ya sus dotes como cazador.
                    No hacía tanto, habían estado en un lugar. Más adelante, se fundaría en ese lugar la ciudad de Abindgon.
                    La caza allí era abundante. El joven macho quería lucirse ante aquella joven hembra. Demostrarle que podía protegerla.
                    Ya participaba en las reuniones de caza. Había alcanzado la edad adulta. Podía convertirse en un experto cazador. Sabía que ella también cazaba. Lo cual no estaba del todo bien visto. Pero el jefe del clan hacía la vista gorda muchas veces con ella.
                    Recordó una de las reuniones. Nadie lograba ponerse de acuerdo en ningún aspecto de la caza.
-Yo propongo que llevemos al mamut hasta el precipicio-propuso uno de los machos-Como no puede escapar, los atraparemos fácilmente. Tendremos pieles para protegernos del frío. 
-Permíteme corregirte-intervino otro macho-, pero debajo de ese precipicio hay un riachuelo. El mamut, al verse atrapado, podrá escapar tirándose al agua. La corriente lo arrastraría y sería imposible atraparlo. Moriría. Y habríamos perdido una pieza de caza valiosa. 
-Buena reflexión, amigo-alabó otro macho-Lo mejor que podemos hacer es cogerlo por sorpresa y lanzarle piedras y lanzas hasta matarlo. Es lo que siempre hacemos. ¿Por qué vamos a cambiar la estrategia? 
-Yo veo varios inconvenientes-intervino el joven macho-Uno de ellos es que el mamut podría escapar tan rápido que no lo podríamos atrapar. Ha ocurrido otras veces. Otro es que el mamut podría volverse contra nosotros y atacarnos. 

                   La joven hembra pensaba en que era mucho más feliz en aquella isla que en cualquier otra parte.
                  Había algo peculiar en ella. No sabía cómo definirlo. Podía ser que era un lugar mágico.
                  No debía de pensar en animales salvajes. No habían animales salvajes.
                  Comían insectos. Comían las hojas de los árboles. Los frutos que los árboles daban.
                  Sonrió contenta. El joven macho quería verla.
                  Todo el mundo parecía distraído. De modo que pudo escaquearse. Él lo había hecho.
                  Su madre presenció la escena. Estaba viendo a un macho que tallaba la piedra. Se dirigió hasta donde estaba una de las crías. Era uno de sus hijos.
-¿Adónde va mi hija?-le preguntó. 
-Va a ver a uno de los machos-respondió el chiquillo-La espera entre los árboles. Quiere hablar con ella. 
              La madre del joven macho también presenció la escena. Se acercó hasta allí. Veía a su hijo demasiado entontecido por aquella joven. ¡Y no era más que una hembra! Había muchas hembras en el clan.
-¿Qué pasa aquí?
-No pasa nada-respondió la madre de la joven hembra-Es sólo que tu hijo está interesado en mi hija. Nada más...La espera entre los árboles. Le quiere decir algo. 
-El mensaje...¿quién te lo ha dado?-le preguntó al crío la otra hembra-Dime la verdad. ¿Es mi hijo?
-¿Tengo que decir la verdad?-inquirió el crío. 
-Me temo que sí. 
-Guardarme el secreto. 
-Tu madre y yo te lo guardamos, pero dime qué es lo que está pasando aquí. 
-Tu hijo, ha sido tu hijo. 
                  Todo el mundo estaba demasiado ocupado con sus cosas. Nadie se dio cuenta de nada. Las madres de nuestra pareja estaban algo atónitas. Podían sentir miles de emociones.
                  Podían llorar. Podían lamentar la muerte de un miembro de la tribu. Podían sufrir al ver a una de las crías enfermas.
                  Podían reír. Podían llorar. Pero no sabían cómo explicar el amor. No lo habían experimentado nunca. Sí, habían sentido placer.
                  La joven hembra se internó entre la espesura de los árboles. Era un lugar donde no podían perderse. Pero todo estaba lleno de árboles.
                  Efectivamente, allí estaba el joven macho esperándola. En el suelo, estaba un conejo que había cazado y que había descuartizado.
-Te estaba esperando-dijo el joven macho, al verla-¿No te alegras de verme? 
                  La joven hembra arqueó las cejas.
-¡Ah!-exclamó-¿Sí? ¡Qué curioso! 
                  El joven macho se acercó a ella y la abrazó.
                  Ella se separó.
-Siéntate, supongo que tendrás hambre-la invitó-No he comido en todo el día. Quiero comer contigo. Pasar un rato a solas contigo. 
                  La joven hembra enrojeció al oír un suave ruido que fluía de su estómago.
-Pues sí...-dijo-No he probado bocado en todo el día. 
-Me disponía a comer. Vamos, ¡siéntate y come conmigo! He cazado este conejo para ti. 
                  La joven hembra tomó asiento a su lado.
                  El joven macho la volvió a abrazar y le lamió la mejilla.
-¿Por qué haces eso?-le preguntó ella, sobresaltada. 
-Quiero hacerlo-respondió él. 
-Por favor...¿Es que tienes ganas? 
-Tengo hambre. No tengo ganas de hacer otras cosas. Vamos a comer. 
-Está bien. 
                 Empezaron a comer. Ella no dejaba de mirarle.
                 Había algo descarado en su mirada. Pero, al mismo tiempo, había algo inocente en ella.
                 Había parejas en el seno del clan. Había machos que siempre escogían a la misma hembra para desfogarse.
                  La madre del joven macho se había apareado muchas veces con el mismo macho. Las crías que había tenido eran su viva imagen.
                  Lo mismo había ocurrido con el jefe del clan. Se apareaba con la misma hembra. Se establecían lazos entre ellos. Los machos protegían a las hembras. Se desvivían por los hijos que éstas traían al mundo.
                  ¿Podía tratarse de amor? ¿Qué era el amor? Nadie lo sabía. El joven macho sólo sabía que quería estar cerca de aquella joven hembra. Necesitaba estar con ella a todas horas.



martes, 1 de marzo de 2016

UNA HISTORIA DE LA PREHISTORIA

Hola a todos.
No recuerdo cuándo empecé a escribir esta historia.
Sólo sé que empecé a escribirla hace mucho tiempo. Sin embargo, siento que va siendo hora de que la termine.
¿No os parece?
Empecé a escribirlo con la idea de convertirlo en una novela. Sin embargo, la dejé por la mitad.
Me ha quedado un relato corto y sencillo, pero pienso que es bonito y que merece la pena que vea la luz.
Si no puedo terminarlo hoy, lo dividiré en varias partes y subiré el resto todos los días hasta que lo termine.
¡Promesa!
El título no es nada original, ya que se titula Una historia de la Prehistoria. 
Deseo de corazón que os guste.
Tiene muchos fallos porque era muy cría cuando empecé a escribirlo, aunque hay cosas que he corregido.

UNA HISTORIA DE LA PREHISTORIA

                   El tiempo pasaba muy deprisa. 
                   El grupo de nómadas había llegado a aquella isla. No sabían el tiempo que iban a pasar allí. 
                   La joven hembra del grupo no se separaba en ningún momento de su madre. El jefe de la tribu la miraba con algo parecido al orgullo. Hacía poco tiempo que el cuerpo de la joven hembra había comenzado a desarrollarse. 
                   Había bastante parecido físico entre la joven hembra y el jefe de la tribu. 
                   No en vano, el jefe había tenido contactos con la madre de ella. Siempre lo hacía cuando deseaba desfogarse. Y ella siempre estaba dispuesta. 
                    Uno de los machos la observó mientras ella se estaba bañando en el río. Era un macho joven. Aquella joven hembra despertaba emociones desconocidas en él. No sabía cómo expresarlo. No podía hablar. Pero, en cambio, sí podía sentir. Y todo lo que sentía era intenso. 
                  La joven hembra se irguió. 
                  El vello de su cuerpo se erizó. Sentía que alguien le estaba mirando. Miró en todas direcciones. No había muchos animales en aquella isla. Había otras personas lavándose en aquel río que se llamaría río Támesis más adelante. 
                    La isla recibiría el nombre de Nag's Head. 
                    Era una isla pequeña. Estaba llena de árboles. 
                     Todos los miembros del clan decía que la joven hembra no era como las otras hembras de la tribu. 
                     Era muy valiente. No buscaba la protección de los machos. No le temía ni a nada ni a nadie y deseaba demostrarle a toda la tribu lo fuerte y lo valiente que era. Sabía dónde buscar comida. Sin embargo, agradecía estar en aquella isla. Buscaba la manera de comunicarse con los miembros de la tribu. 
                    Es algo raro. Pero se podía decir que aquella joven hembra era muy inteligente. 
                    Eran los primeros humanos que habían llegado a Inglaterra. Eso no lo sabían. Desde la orilla, se podía ver a otros humanos. 
                    Otros clanes que iban de un lado a otro. 
                    La joven hembra había demostrado ser muy buena en muchas cosas. 
                    Había demostrado ser muy buena a la hora de cazar. Había demostrado ser muy buena a la hora de buscar alimento. En ocasiones, las otras hembras no la entendían. Era como ellas. Pero, al mismo tiempo, era distinta a ellas. 
                    Había demostrado ser capaz de hacer fuego frotando varias ramitas. Su cabeza era un verdadero hervidero de ideas. Ideas que no sabía cómo hacer salir a flote. 
                     El clan era de Homo Heidelbergensis. 
                     La hembra era joven. 
                     Sabía lo que los machos esperaban de ella. Ser una buena madre para las crías que debía de traer al mundo. 
                     Pero la veían demasiado valiente. Demasiado fuerte...Demasiado inteligente...Ayudaba a las otras hembras. Se preocupaba por las crías. Intentaba ayudarlas en todo lo que podía. Sufría cuando algún miembro de la tribu estaba enfermo. Y sufría cuando ese miembro de la tribu moría. 
                     Se la veía siempre alegre. Había una sonrisa permanente en sus labios. Una sonrisa permanente en su mirada...
                      No sabía dónde estaban. A veces, sentía que estaban haciendo algo que no tenían ningún sentido. Su manera de ser se había forjado al calor de la vida nómada que llevaba. 
                       Por aquel entonces, el tiempo estaba muy rebelde y la tribu tenía que luchar contra el frío y los hielos perpetuos. 
                        El río Támesis estaba congelado. 
                        Habían podído llegar hasta la isla de Nag's Head andando. ¡Por encima del río! 
                        La joven hembra se sentía cansada. 
                        Cansada de ir de un lado a otro. Cansada de aquel viaje que no parecía tener nunca fin. Se retiró a la sombra de uno de los numerosos árboles que crecían en la isla. Estaba cansada. En todos los sentidos...
                        Sabía lo que era sentir el cuerpo de uno de los machos encima de ella entrando y saliendo de su cuerpo. 
                         Había otros grupos que eran iguales que ellos, pero nunca se relacionaban. O, si se relacionaban, la cosa terminaba en una pelea. No se diferenciaban en nada. 
                       Cazaban animales. Pescaban peces. Y comían los frutos silvestres que recolectaban. Y había numerosos frutos silvestres creciendo en aquella isla. 
                        Por aquel entonces, las tribus iban de un lado a otro, como aves migratorias, en busca de animales para cazar y de plantas para comer. Solían vivir en cuevas, pero también al aire libre. Nuestra joven hembra sabía lo que era vivir en una cueva. 
                       Esa noche, durmió en el suelo. O, al menos, intentó conciliar el sueño. A veces, tenía extraños sueños. Sueños que ni siquiera entendía su significado. Sólo veía a gente que vivía en un lugar. En el mismo lugar...Sin moverse de allí. 
                       Yo quiero eso. Quiero quedarme en un lugar fijo. No quiero seguir con este viaje infinito. ¿Hacia dónde vamos? No lo sé. Nadie lo sabe. Ni siquiera el jefe de nuestro clan sabe adónde vamos. Es algo que hacemos sin saber el porqué. 

                      Es distinta. 
                      El joven macho recibió una palmada en la espalda de un macho de más edad. Se había dado cuenta de lo que estaba haciendo. 
                      Se subió con agilidad a uno de los árboles. Arrancó una rama. Tenía muchas hojas. Bajó del árbol dando un ágil salto.
                      La buscó. Sabía dónde estaba. Sabía que estaba haciendo lo mismo que había hecho él. Y no se equivocó. La encontró subida a la rama de un árbol. 
-Baja. 
                     La llamó por señas. Ella estaba intentando arrancar una rama. Se detuvo al sentir que la estaban llamando. 
                     Lo vio. Estaba agitando la rama que acababa de arrancar de manera triunfal. 
                     Su gesto llamó la atención de los demás integrantes de la tribu. Su manera de cortejar a aquella hembra era bastante curiosa. El clan estaba compuesto por unos veinticinco miembros. 
                      Todos estaban unidos de algún modo. Se podía decir que todos eran parientes. La madre de aquel joven macho había nacido de la misma hembra de la que había nacido la madre de la joven hembra en la que él estaba interesado. 
                       Eran hermanas. Pero no sabían cómo definir su lazo familiar. 
-Una rama...-añadió el joven macho-Para ti...
-Rama...-dijo ella-Para mí...
                      La joven hembra lo miró extrañada. Lo que sentía por aquel joven macho era algo curioso. Se ponía muy nerviosa cuando él estaba cerca. Sin embargo, le gustaba cuando él la miraba. Su corazón latía a gran velocidad. 
                     ¿Era eso normal? 
                      Los machos de más edad se echaron a reír. Era evidente que algo raro pasaba ahí. Con aquellos dos...
                      Lo achacaron a varias cosas. Eran muy jóvenes. 
                      Ella había estado con muy pocos machos. Él, a su vez, había estado con muy pocas hembras. 
                       Todos habían tenido relaciones entre sí. No se relacionaban con nadie fuera del clan. 
-Come-le pidió el joven macho-Están muy buenas. 
                       El jefe del clan torció el gesto. 
                       No me gusta, pensó. Esto no está bien. No es lo suficientemente valiente para ella. No es lo suficientemente fuerte para ella. No sabrá cómo protegerla. No sabrá qué hacer si la ataca una fiera. No sabrá cuidar de sus crías. No sabrá hacer nada. Se merece otra clase de macho. Alguien más fuerte...
                     El joven macho ya sabía lo que era estar encima de aquella hembra descargando su deseo sexual con ella. Al contrario que le había pasado con otros machos, ella había disfrutado del peso de su cuerpo y de la invasión de su miembro en su interior. 
                      Lo deseaba. ¿Podía sentir deseo hacia aquel joven macho? Arrancó una hoja de la rama arrancada. 
-Vamos-insistió el joven macho, nervioso. 
                      Ella le dedicó una sonrisa pícara. Su estómago rugió casi con furia. Era evidente que tenía hambre. Se metió la hoja en la boca. 
                      Empezó a masticarla sin dejar de mirar al joven macho. Acabó tragándosela. 
                      La madre de la joven hembra tampoco estaba muy contenta. El hielo estaba empezando a resquebrajarse. Su hija había podido lavarse en la zona del río donde el hielo estaba ya deshecho. 
                      En unos días más, se podría pescar. De hecho, ya había varios machos que se metían en las aguas heladas a pescar. No me gusta,a pensó la madura hembra. Van a terminar enfermando. 
                       Y van a terminar muriendo. Estaba acostumbrada a esas situaciones. Pero, en el fondo, le dolían. Miró otra vez a su hija. Estaba creciendo. 
                       Mal asunto, pensó. 

lunes, 29 de febrero de 2016

LOUISA MAY ALCOTT

Hola a todos. 
Sigo con nuestro especial dedicado a la gran escritora Louisa May Alcott. 
Aquí os traigo otra de sus frases. 
Espero que os guste. 

"¡Animo, corazón mío! Siempre hay luz detrás de las nubes."

domingo, 28 de febrero de 2016

UNA FRASE DE LOUISA MAY ALCOTT

Hola a todos.
Entre hoy y mañana, me gustaría dedicarle un pequeño homenaje a una gran escritora. Se trata de Louisa May Alcott.
Todos la conocemos por ser la autora de una novela que nos ha marcado mucho a todos, la inolvidable Mujercitas. 
De Mujercitas salió una saga donde tiene como protagonista principal a Jo, la que ha sido para muchos un verdadero modelo a seguir.
Pero tiene otras novelas, como Una muchacha anticuada. 
Aquí os traigo una de sus frases.

"El amor desecha el temor, y la gratitud vence al orgullo."


sábado, 27 de febrero de 2016

EL DIARIO DE LADY PARTHENIA

16 DE FEBRERO DE 1817

                         No puedo conciliar el sueño. 
                         Paso gran parte de la noche sentada en el alfeizar de la ventana de mi habitación. No he podido ver a Mikhail en todo el día. En cambio, he recibido la visita de mi prima Miranda esta tarde. 
                         Miranda me dio un abrazo nada más verme en el salón. 
-¡Tenía muchas ganas de poder hablar contigo!-me contó-No creo que pueda seguir así mucho tiempo. 
-¿A qué te refieres?-le pregunté. 
-A Damien...Y a mí...
                        Nos sentamos en el sofá. 
                        Miranda ha pasado toda la tarde contándome lo mal que va su matrimonio con Damien. 
                        No pude evitar pensar en lo mucho que Damien y Alec se parecen. 
                        Miranda se siente prisionera de su marido. ¡Ni siquiera puede salir de casa! 
                        Me contó que había logrado burlarse de su doncella. Por eso, había venido a verme. 
-¡Eso no es normal!-me horroricé. 
                         Miranda me aseguró que eso era lo normal. Una mujer se debía a su casa y a su marido. En cambio, su marido podía hacer lo que le viniera en gana. 
-Incluso...-titubeó Miranda-No te lo puedo contar. 
-¿Qué me quieres decir?-la interrogué. 
                         Miranda no me quiso contar lo que le pasaba. Pero tuve la sensación de que me estaba ocultando algo. La vi inquieta y muy asustada. Trató de fingir que lo que deseaba contarme, pero que, al final, no me contó, no era nada de importancia. 


                     Ahora, no puedo conciliar el sueño. No puedo evitar estar preocupada por Miranda. 
                     Tengo miedo de que pueda terminar cometiendo una locura. Le he visto la mirada. 
                      Miranda me dio un beso en la mejilla antes de irse. 
-Deberías de alejarte de lord Draxinger-me aconsejó-No te hará nunca feliz. 
-¿Por qué lo dices?-le pregunté. 
-Sigue en Londres. O eso es lo que tú crees. 
-Pues...
                        Ignoro dónde está Piers. He de ser sincera. No me importa en absoluto Piers. No estoy enamorada de él. Nuestro compromiso es un error. Mikhail ha aparecido en mi vida y la ha puesto del revés. 

viernes, 9 de octubre de 2015

EL DIARIO DE LADY PARTHENIA

15 DE FEBRERO DE 1817

                        No tengo cabeza para pensar en nada. 
                        Hace días que no voy a ver a Becky. 
                        Por lo que tengo entendido, está peor. No quiere ver a nadie. Se ha encerrado en su habitación. 
                         He intentado en varias ocasiones hablar con ella. Pero ni siquiera me ha abierto la puerta de su habitación. 
                         Lo malo es Mikhail. 
                         Tengo la sensación de que quiere que tome una decisión. Me he encerrado en mi habitación a escribir estas líneas. Me tiembla la mano cuando lo hago. ¡Ojalá lady Emerald estuviera aquí! Ella sabría entenderme. 
                         He de tomar una decisión con respecto a Mikhail. 
                         ¿Qué decisión puedo tomar? He de escribirle una carta a Piers. 
                        ¿Y qué es lo que le voy a decir? Me he enamorado de un joven ruso. 
                         Mikhail me ha escrito una carta muy bonita. Me cuenta que sueña con que vivamos juntos lejos de todo. Quiere que me vaya con él a San Petersburgo. Becky se vendría con nosotros. 
                        Lady Parthenia Westland está a punto de mandar su reputación al cuerno por un hombre. La Reina de Hielo ha visto cómo su fachada se derretía como la nieve al Sol. 
                        El sentir la lengua de Mikhail lamiendo mis pechos. Ver cómo los mordisqueaba saboreándolos. Cómo su boca se perdía entre mis piernas. 
                       ¡No soy ninguna ramera! Sólo soy una mujer enamorada. 



                         Mi doncella entra en mi habitación. 
-¿Qué hace todavía levantada, milady?-me pregunta-Suponía que estaba ya durmiendo. 
-Le estoy escribiendo una carta a lady Emerald-le respondo. 
-Su prima Miranda ha venido a verla. Es demasiado tarde para hacer una visita. 
-Prepara la habitación de invitados. Se sentirá sola. Que duerma aquí esta noche.
-Como guste, milady.
-Me da mucha pena Miranda. Damien no es un buen hombre. 

viernes, 18 de septiembre de 2015

EL DIARIO DE LADY PARTHENIA

                      ¿De verdad ha pasado tanto tiempo, mi querida Parthenia?
                      Aún sufro pesadillas relacionadas con ese día. Lord Seton y yo nos dirigíamos a Gretna Green. Era nuestro destino. 
                      Íbamos a casarnos. 
                      Yo estaba muy nerviosa. Cada vez que lord Seton y yo dábamos un paseo por el jardín, él hacía algún comentario. Lloré hasta quedarme sin lágrimas al enterarme de mi desgracia. El hombre que amaba estaba muerto. Y yo no podría caminar. Nunca...Me había convertido en una inútil. 
                       Lo malo no fue sólo la pérdida de movilidad en mis piernas. Sino el saber que el bebé que iba a tener de mi amado lo había perdido. Había perdido a mi niño. 
                       Recuerdo que metíamos los pies en el agua. 
                       Lord Seton vivía junto con su madre en la isla de Hallsmead Aid. Es una isla muy pequeña que se encuentra en el río Támesis. Son pocos los vecinos que tiene. 
                       No sé cómo me enamoré de lord Seton. Fue a él a quién le conté la verdad sobre mis orígenes. Y me di cuenta de que él sentía por mí lo mismo que yo sentía por él. 
                      Mi cabello es de color dorado. 
                      Lord Seton acarició con su mano mi cabello mientras dábamos un paseo. 
                       Nos perdimos entre los numerosos árboles que crecen en la isla. 
                      Y me robó mi primer beso. 
                      ¡Sentí cómo mi alma volaba en aquellos momentos! 
                      Me regalaba ramitos de flores silvestres. Me escribía cartas de amor. Y dábamos muchos paseos por la espesura de los árboles. Por él, intenté darle un matiz más a la moda a mi vestuario. Mis ropas me parecían demasiado viejas y tristes. ¡Incluso, mi madre me obligó a usar cofia, pese a que era muy joven! 
                     Una noche, nos encontramos en la orilla del río Támesis. 
                     Me había entregado a él. 
                     Lord Seton se coló una noche en mi habitación. A pesar de que era una locura, mi corazón venció a mi razón. 
                     Se metió en mi cama. 
                     Me arrojé en sus brazos. 
                     Me olvidé de todo cuando besó mi cuello. No supe quién desnudó a quién mientras nos besábamos. 
                     La educación que me dio mi madre la olvidé. 
                     Nunca me ocultó de dónde venía. Siempre me habló de la pureza de una mujer. 
                    Yo debía de mantener mi virginidad intacta hasta el día de mi boda. Pero me olvidé de todo eso cuando me encontré con lord Seton en mi cama. 
                     Recibí de él numerosos besos. Me brindó las mejores caricias en todos nuestros encuentros. 
                     Aquella noche, me besó con ardor en los labios. Lamió con suavidad mis pezones. 
                     Y yo no pensé en nada. 
                    Semanas después, empecé a marearme. Vomitaba todo lo que comía. 
                    Mi madre se encerró conmigo en mi habitación. Quería saber si yo estaba embarazada. Me dijo que hacía casi dos meses que no veía ningún paño mío empapado con la sangre de mi menstruación. Traté de no decir nada. 
-¡Dime la verdad!-me exigió, pero guardé silencio. 
                   Se lo conté a lord Seton. 
                  Aquella misma noche, nos fugamos juntos. 
                  Quiero olvidar lo cerca que estuvimos de alcanzar nuestro destino. Quiero no pensar en que mi niño está muerto. 
                  Que el hombre de mi vida también está muerto. Sólo tengo como compañía  a mi madre. 
                  Ella se preocupa por mí. Pero es demasiado vieja ya como para estar empujando la silla de ruedas en la que debo de ir sentada. 
                  Vegeto sentada en un sillón del saloncito de nuestra casa. Oigo el sonido de las olas desde allí. 



-Hija, deberías de empezar a pensar en buscarte a otra alumna-me sugiere-No puedes pasarte el día así, sin hacer nada. 
-Un primo de padre nos está pasando una asignación-le recuerdo. 
-No nos falta de nada gracias a ese buen hombre, pero tienes que tener la mente ocupada, Emerald. Tienes que empezar a olvidar. 
-Madre, ¿cómo voy a olvidar que no puedo caminar?
                     He llorado muchas veces, mi querida Parthenia. Me he quedado sin lágrimas. 
                     Mi madre lo sabe. No sabe qué hacer. Se siente tan impotente como yo me siento resignada. No puedo hacer nada por cambiar esto.